LAS POLITICAS CULTURALES: DESEOS CIUDADANOS.
Enfrentarse
a la pregunta por el diseño y la puesta en marcha de políticas culturales, en
un territorio diverso y complejo, desigual y sobre todo desequilibrado, en el
caso de Pereira, implica revisar la consistencia de los circuitos culturales
activos y la forma como los diversos actores comprendemos nuestro qué hacer
dentro de las dinámicas culturales de la ciudad. Una de las problemáticas más
complejas que afrontan las ciudades intermedias, en relación con las dinámicas culturales
,es la del mantenimiento de los circuitos culturales existentes, la
revitalización de aquellos lugares de tránsito de dinámicas culturales y
artística que han caído en desuso o que han sido opacados con el tiempo, así como la
construcción de espacios que posibiliten como mínimo que la creación y la producción,
encuentren después de los procesos de difusión y distribución, canales
asertivos para el consumo por parte de audiencias y públicos.
Decir,
como mínimo, tiene una implicación seria, porque nada en políticas culturales
debería tratarse de audiencias o públicos, como si fuéramos medios de
comunicación tradicionales que desaparecemos los sujetos y los convertimos en números.
No podemos hablar de derechos culturales y responder que son para nuestros “públicos”,
porque cuando hablamos de derechos, estamos obligados a hablar de ciudadanos.
Tradicionalmente
los circuitos culturales han sido trabajados a partir de cuatro ejes: creación,
producción, difusión/distribución y consumo. Sin embargo, esta perspectiva
acota el campo de lo cultural y no permite visualizar el reconocimiento, la
apropiación y la transformación que estructuran dinámicas culturales en la
construcción de ciudad y ciudadanía. Desde la creación hasta la puesta en común
de la dinámica artística, independiente de cómo esté objetualizada, es
necesario colocar en el centro del circuito cultural a los ciudadanos;
ciudadanos que crean, gestan, promueven, comunican, y que se transforman.
Hay
que darle una vuelta al proceso, si la responsabilidad de las políticas
culturales es garantizar los derechos que son propios: memorias, identidades,
diferencias, comunicación, etc., entonces su eje no son las expresiones artísticas,
ni la conservación del pasado ni el mantenimiento de infraestructuras o la
ampliación de la capacidad instalada, son parte de la tarea, pero lo son porque
sin ellas es imposible garantizar el ejercicio de los derechos culturales por parte de los ciudadanos.
La
mayoría de los promotores y gestores, aluden permanentemente a la falta de
recursos y consideran que el dinero es el eje central de esos recursos. No es
que no sea importante, pero cada proyecto tiene una serie de recursos distintos
al dinero:simbólicos,estéticos,territoriales,comunitarios,infraestructura,técnicos,comunicativos,que
son los que verdaderamente le aportan
valor a las dinámicas culturales. Dentro de tales recursos, el más importante
es la creatividad y parece que lo olvidamos,
iteramos una y otra vez, eventos, miradas del pasado, artes que más que bellas
están apagadas y queremos en la
reiteración conseguir que la ciudad se transforme.
Es
tiempo de plantearnos asuntos serios alrededor de este tema, ya lo decía Einstein:
no podemos seguir haciendo las mismas cosas y esperar resultados diferentes. Si
el promotor es el experto en el territorio y la comunidad, y el gestor es el
que genera mediaciones para construir mecanismos que permitan mejorar la vida
de las comunidades, por qué seguimos hablando de cultura y tiempo de ocio. Hay
que cambiar la idea de que la cultura pasa cuando no hay nada que hacer, que
somos un accesorio o un relleno no sólo dentro de las dinámicas gubernamentales
sino también en las ciudadanas.
Construimos,
forjamos tiempos creativos y territorios donde la expresividad puede emerger,
conectamos artistas (esos seres no iluminados porque no estamos en el siglo
XVII, pero si capacitados para estructurar nuevas formas de ver, comprender y
expresar la realidad), con ciudadanos a quienes les reconocemos su creatividad
pero que no la han conocido.
La
forma idónea de ir estructurando circuitos culturales democráticos y productivos,
implica que trabajemos juntos y que busquemos modelos intermedios. Cuando me
refiero a modelos intermedios, hablo de la infraestructura cultural cesante en
la ciudad, son varias las casas de cultura enseñando macramé, origami o
convertidas en salones de belleza, iterando lo innecesario y desperdiciando
territorios y tiempos para la creatividad de los ciudadanos. Por su parte, es
tiempo de dejar de pensar en el gobierno como un papá que tiene la obligación
de sostener todas las ocurrencias que tengamos, debemos profesionalizarnos con más
ahinco,buscar y conseguir vinculación con marcas y entidades privadas en
nuestros proyectos, garantizando la integridad de nuestras ideas.
No
podemos estar en pleno siglo XXI pensando que el dinero para el desarrollo
cultural y artístico debe correr por cuanta de los gobiernos. Pero también
tenemos que ser exigentes con la institucionalidad vigente de la cultura, en
términos de sus políticas, orientaciones, el cumplimiento de la Ley de Cultura,
la transparencia en el gasto público y la consecución de resultados.
Finalmente,
no hay circuito cultural sin intercambio económico o simbólico, se requieren
los dos para que funcione y todos los actores somos responsables no sólo de su
funcionamiento sino de la vitalidad con que se estructuran en los territorios.
Por ello, diría que dejemos de pensar en
la procuración de fondos o las donaciones, podemos y ya hay suficientes casos
en la ciudad, de jóvenes menores de 30 años generando circuitos emergentes; se
trata de construir una economía solidaria articulada entre el bienestar de los
habitantes de la ciudad, los promotores y los gestores, los sectores públicos,
social y privado para mejorar no sólo
las condiciones de los sectores artísticos y culturales, sino transformar las
formas de narrarnos, de habitar, de expresar, desear y estar, de constituirnos
y estructurarnos como ciudadanos.
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