LA PRIMAVERA DE DUQUE
El poder siempre ha
temido las protestas sociales, pues comprende que detrás se esconde una
revolución, porque piensa en ella como una reacción en cadena que puede
extenderse por todo el planeta; como una infección capaz de contagiar a todos
sus habitantes. Pero no fue hasta 1968 que el mundo vio la primera protesta
social global bajo el nombre de la “Primavera
del 68”. Que, precisamente por ello, no fue una revolución. Más bien una
“efervescencia revolucionaria”, según la definición de Claude Lefort, que tuvo
en el mayo francés su episodio más publicitado, pero que también frotó en Checoslovaquia,
Estados Unidos, Alemania y Japón. Tampoco fue revolución porque en lugar de
fuerzas políticas y sociales luchando por alcanzar el poder, lo que se escuchó
en varias esquinas del mundo fue un grito generacional: jóvenes estudiantes que
levantaron la voz contra el pasado, la época de sus padres y abuelos, que había
quedado irremediablemente desfasada en uno de los caminos más vertiginosos de
la Historia.
En aquellos momentos,
apareció por primera vez en mucho tiempo una protesta social espontánea que no
se limitó a ser puramente de orden propagandístico sino que pasó al escenario
de las demandas y además actuó exclusivamente por motivos morales. Junto a este
factor moral, esa generación descubrió lo que en el siglo XVIII se llamó la “Felicidad Pública”, que significa
según Arendt “cuando el ser humano participa en la vida pública sucede por sí
mismo a una dimensión de la experiencia humana que de lo contrario le está
vedada, y que de alguna manera constituye la felicidad plena”.
El escritor Paul Auster recordaba
todo aquello en un texto publicado en el diario argentino Clarín en
2008, con motivo del 40º aniversario de 1968: "Era el año de todos los
años, el año de la locura, un año de
fuegos, sangre y muerte. Acababa de cumplir 21 y estaba tan loco como todos los
demás. Había 500.000 soldados americanos en Vietnam, Martín Luther King acababa
de ser asesinado, las ciudades ardían a lo largo de Estados Unidos y el mundo
parecía dirigirse a un colapso apocalíptico. Estar loco me surgió como una
respuesta perfectamente sana ante la carta que me había tocado jugar, la carta
que a todo joven le había tocado en 1968”. Él, como tantos jóvenes, se
plantó y dijo que un nuevo tiempo había llegado como en efecto sucedió.
Ahora
bien, parece que los días” locos” del 68, han regresado a Latinoamérica
expresados en las múltiples marchas sociales y similares demandas al 68
Primaveral, que se han tomado las calles
de Chile, Ecuador, Perú, Bolivia, Venezuela, Argentina; marchas abanderadas por
líderes sociales, culturales, académicos, ambientales, estudiantes, grupos
étnicos y de diferentes orientaciones sexuales, intelectuales y artistas a lo
cual los investigadores sociales han nombrado como “La Primavera Latinoamericana” en
virtud de las demandas que proponen revisar todo el ecosistema
social,humano,económico,ambiental,cultural y político en el marco de la real
aplicación de los Derechos Humanos en
todas las poblaciones y territorios.
El
Presidente Duque después de las marchas del 21N, y el sonar del cacerolazo en
las principales ciudades, quienes plantearon similares demandas de la Primavera
del 68 y la Primavera Latinoamericano , es decir un país alinderado con las nuevas sensibilidades de
una amplia población joven,convocó a una “Conversación Nacional”,
posiblemente inspirado, en la gran conversación que convocó el Presidente
francés Emmanuel Macrón, posterior a las violentas protestas sociales de los
“chalecos amarillos”, liderada por él mismo y acompañado siempre de Madame
Macrón. Como resultado, pudo conectarse nuevamente con esa Francia libertaria,
existencialista e iconoclasta, y encontrar nuevas rutas para condensar
propositivamente el sentimiento contemporáneo de su país.
Una Conversación Nacional es un esfuerzo
para lograr un acuerdo que ponga fin al descontento, así como para su desarrollo
asertivo, mediante diálogos que pueden requerir la “mediación de terceros”. Con
esta definición inicial se destaca la idea de que una “Conversación Nacional” no es un momento puntual, sino un conjunto
de fases dialógicas o etapas alargadas en el tiempo, en las que intervienen
todos los actores afectados, en un esfuerzo colectivo para en un momento
determinado alcanzar acuerdos que permitirán acabar con la situación anterior,
dominada por la desesperanza y el pesimismo, dando paso mediante la palabra y
el consenso a pactos o acuerdos que pongan fin a los desencuentros de la agenda
social planteada por el gobierno nacional , y mediante la implementación
de acuerdos, iniciar una nueva etapa de
progreso y desarrollo que permita superar igualmente todas las asimetrías
estructurales que propiciaron el surgimiento de las movilizaciones sociales del
pasado 21N y los demás días.
Iniciar
y desarrollar una “Conversación
Nacional” es, pues, una auténtica aventura, un reto mayúsculo lleno de
incertidumbres, obstáculos y posibilidades. Hay quien lo ha comparado con la
primera escalada a una montaña, pero sin mapas de relieve, con lo que ello
supone de misterio y de riesgo, al tener que enfrentar cuestas no previstas, desniveles
frecuentes y cimas aparentemente inalcanzables.
Si en
el proceso de la “Conversación Nacional”
hay una mediación discursiva y un buen acompañamiento social, en el símil
significaría que contamos con un guía que nos ayuda a organizar la estrategia
de escalada positiva y con personas que nos acompañan en la ascensión de forma
asertiva, lo que nos hará más llevadero el camino y nos posibilitará llegar a
la cumbre en compañía, para disfrutar del logro, y lo que es también de vital
importancia, regresar al punto de partida con seguridad
Los actores sociales
emprenden acciones colectivas para plantear demandas y exigir soluciones a sus
necesidades y problemas. Estas pueden ser pacíficas o violentas, desaparecer
después de un tiempo o convertirse en movimientos sociales. Lo que aquí
pretendo es mostrar que dichas acciones dan lugar a una diversidad de
discursos, los cuales presentan diferentes versiones de las mismas, la mayoría
de las veces contradictorias entre sí.
Eso sucede porque no
hay forma de mirarlas y entenderlas con la objetividad que pretendían los
positivistas. Es un hecho que sólo podemos comprenderlas y atribuirles sentido
a partir de esquemas mentales, conocimientos y saberes, modos previamente
establecidos de percibir y entender, valores, finalidades y fidelidades.
En virtud que la
sociedad es un campo de conflicto en el que chocan ideologías y se enfrentan
intereses y dado que nosotros, como parte de ella, no estamos exentos ni
quedamos fuera de ese modo de funcionar, entonces, los discursos sobre los
conflictos sociales, al recoger, transmitir y recibir eso que se llama "la
realidad", necesariamente seleccionan, ordenan, acomodan, jerarquizan e
incluso reconstruyen las acciones sociales por parte de quienes los elaboran y
también por parte de quienes los reciben, que necesariamente repiten ese
proceso.
Y esto vale tanto
para los discursos verbales como para los no verbales. Todo lo cual también, y
esto es clave, altera completamente la manera de percibirlos, entenderlos,
enfrentarlos o resolverlos por parte de los propios actores involucrados, de
grupos externos a ellos y del Estado.
Se trata de acciones
colectivas, según Olson, “que emprenden los actores sociales cuando se
sienten agraviados por razones que tienen que ver con la escasez de recursos,
sean materiales, simbólicos, espirituales o de trascendencia” según Vasilachis,
“oportunidades, derechos, participación y pertenencia, por la divergencia de
intereses o la incompatibilidad de metas”.
Carlos Monsiváis
resume así las motivaciones de la marcha social: “por la existencia de
autoridades sordas, ciegas y mudas, de una burocracia pasmada o sobrepasada de
sindicatos corruptos, sueldos de hambre, transas y mentiras, de miseria, de la
falta de alternativas, el despojo, la negligencia y la voracidad, la corrupción
y el autoritarismo”.
Francisco Pérez Arce dice:
"Por las promesas incumplidas, las limitaciones de la vía institucional y
el tortuguismo burocrático" Todo ello, como afirma Gilberto Giménez, da
lugar a "un desfase entre las expectativas y las recompensas”, que hace
que dichas acciones "conecten a sus participantes con uno o más objetos de
reclamos e incluyan alguna forma de articularlas demandas”. Estas formas pueden
ser pacíficas o violentas, de corta o de larga duración y pueden hacer que
los grupos que las llevan a cabo se desbaraten después de recibir (o no)
respuesta o a que permanezcan en el tiempo y hasta se conviertan en movimientos
sociales.
Quienes estudian las
acciones sociales tienen diferentes versiones sobre lo que las hace surgir.
Para algunos, son las situaciones de crisis, que al provocar el deterioro de
las condiciones de vida de la población generan una amplia oleada de
ellas. Para otros, por el contrario, son los momentos de estabilidad, pues
"las situaciones agudas de crisis paralizan a las fuerzas sociales,
mientras que los periodos de recuperación desatan las fuerzas largamente
contenidas”.
Hay quien considera
que surgen “más en el autoritarismo —por la desesperación de la gente ante la
cerrazón— que en la democracia, porque en ésta existen canales institucionales
para la participación y la negociación, pero hay quien, por el contrario,
asegura que la democracia las incrementa o intensifica, mientras que el
autoritarismo y los regímenes políticos cerrados las limitan debido al miedo a
la represión y a los altos costos de la participación”. (Favela).
Y es que, como dijo
Alain Touraine,” la sociedad es un campo de conflicto en el que chocan
ideologías y se enfrentan intereses opuestos, así como el deseo de controlar
las fuerzas del desarrollo y del poder”.
El conflicto social
es también un “conflicto discursivo, ya que los discursos encarnan y expresan
el choque de ideologías e intereses y la lucha por el poder y, más todavía, son
los mismos tiempos reveladores y productores de las situaciones”. (Giménez).
Entonces encontramos
que lo que unos y otros dicen que quieren y que pretenden lograr se enfrenta a
lo que dicen los otros. Y lo mismo sucede respecto a la validez (adecuación,
justicia, legalidad) que unos y otros dan a los métodos empleados para ello.
Los conflictos se
tratan, grosso modo, de dos bandos que se enfrentan: los que
"tienen acceso a los agentes y recursos del gobierno" y los que no lo
tienen, lo cual, según Mc Adam, Tarrow y Tilly, define a quienes son miembros y
a quienes son disidentes.
Cada uno de ellos se
presenta a sí mismo como "los buenos" y a los otros como "los
malos": los disidentes consideran que "luchan por la justicia" y
por "terminar con la desigualdad, la pobreza, la injusticia y la
marginación" (Jiménez), que según ellos los miembros impiden, y éstos,
dicen que aquellos son "una amenaza para la subsistencia del orden"
(Vasilachis), que "atentan contra el estado de derecho" y
"quiebran la estabilidad" y hasta el sistema"
(Piñeiro).
De ahí que parte de
la lucha sea el reconocimiento discursivo del "otro", ya que, como
dice Alain Touraine: "Es raro que un problema social sea reconocido
primero como tal y, por el contrario, es muy frecuente que la existencia de un
problema social sea negada y encubierta”.
Y es que para ambos
bandos “el discurso cumple la función —diría de llenar la necesidad de
explicarse, re-apropiarse y re-inscribir sus acciones y las de los otros en un
sistema de ideas, representaciones y valores”. (Frederick Jameson).
La Conversación
Nacional es un mayúsculo escenario pero también una oportunidad para que el
Presidente Duque, el Presidente de todos los colombianos, asuma su liderazgo
personalmente sin dilaciones, evitando dejar en manos de otros miembros de su gabinete,
su responsabilidad con la historia del país y con la ciudadanía colombiana.
Pero sobre todo tendrá que propiciar una reconciliación de todas las fuerzas
vivas y la deconstrucción de los discursos del odio, entre las dos antípodas
políticas, que se consideran los dueños de la verdad y lamentablemente avanzan
hacia una incitación de ese odio y al desaire de los sueños de niños y niñas de
este país de infortunios.
Los colombianos
merecen paz, reconciliación, convivencia y un futuro digno para las
generaciones presentes y futuras. Estamos entonces asistiendo al inicio de la Primavera de Duque.
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