LAS DISTINTAS VERDADES DE LA VERDAD
La
verdad hace posible crear escenarios de reconciliación en sociedades que están
enfrentadas o divididas; su objetivo, sin duda, es fomentar la confianza entre
las partes, y entre los ciudadanos y sus instituciones. Por lo tanto, ésta debe
convertirse en el lugar rector, donde no solamente participen las víctimas,
sino también la sociedad en general, los medios de comunicación masivos y
comunitarios y los estadios culturales, con el fin de tener una conciencia
colectiva de lo que pasó, que facilite cambios reales para la construcción de
la paz.
La
discusión en torno a verdad, el perdón y la reconciliación en contextos de
violencia política tiene una enorme complejidad, puesto que pasa por múltiples
sensibilidades y lógicas que, en muchos casos, son contrapuestas,
contradictorias y no compatibles. Sin embargo, todas ellas se deberían tener en
cuenta, las lógicas culturales que profesa
el pueblo colombiano, que desde esta óptica se concibe como una fuerza
importante a la hora de marcar las actuaciones y decisiones de las personas,
víctimas directas, ciudadanos/as afectados, etc.
La
dinámica sociocultural que se establece en una persona que encuentra en el odio,
sentidos existenciales de verdad, que, a su vez, le pueden ir consumiendo en su
salud social y cultural. Los sentimientos innegables de rabia, dolor, tristeza,
deseo de venganza y resentimiento que experimentan quienes han sido humillados,
violados en su dignidad, victimizados una y varias veces, tienen una clara dimensión sociocultural.
Cuando
se habla de verdad, perdón y reconciliación, en lógica de no violencia,
siguiendo la tradición de Gandhi y Martín Luther King, nos referimos, en primer
lugar, a un sentimiento complejo que es capaz de sobreponerse a emociones de
odio, ira y deseo de venganza que se suscitan o son promovidas en medio de
conflictos atravesados por violencia; lo que implica además una decisión donde
se opta por reconocer la humanidad del agresor, su dignidad. Todo esto desde un
lugar de fortaleza subjetiva y dignidad del ofendido, que lleva a una
tramitación no violenta de ese conflicto, a la superación del mismo y a la
construcción de una paz, que sin renunciar a formas de verdad, justicia y
reparación, puedan llevar a una transición hacia la reconciliación. Esta mirada
puede iluminar el diseño y la planeación de la acción no violenta que apunta a
la reivindicación de derechos, la construcción de la paz o en la búsqueda de
transformaciones sociales y subjetivas, desarrolladas en la actuación social en
contextos socioculturales con víctimas de violencia política o en procesos de
acompañamiento social, como también desde una perspectiva del acompañamiento de
los grupos culturales.
De acuerdo con Barrero (2011), en la
estructura de las relaciones sociales en Colombia, las élites en el poder han
incorporado mecanismos de control y dispositivos políticos, ideológicos,
religiosos, culturales y educativos que se encargan de no reconocer el derecho
del otro/diferente, y han promovido su eliminación, haciendo de la guerra un
medio para mantenerse en el poder; adoptando así una trilogía del horror que
implica, según el autor, un gusto por la eliminación: una estética de lo atroz,
donde se sienten a gusto y placer con la muerte o desaparición física o
simbólica de la otredad. Una Ética de la barbarie, donde se justifica
moralmente la negación del conflicto armado y su consecuente crisis humanitaria
e institucional, con lo cual se niega a las víctimas su condición histórica de
sujetos de derechos.
Hacer presente la voz de víctimas y
personas afectadas directamente en el conflicto armado, haciendo uso de una reflexión sobre las condiciones en las
cuales un trabajo de intervención sociocultural es posible y necesario, para
facilitar emociones, actitudes y acciones en relación con el perdón, sin hacer
una afrenta a la dignidad de las víctimas, puesto que parten del paradigma
gandhiano de la fortaleza y la consciencia moral es de quien perdona ; siempre
en dirección a generar unas condiciones de empoderamiento, transformación
subjetiva, recuperación emocional de los directamente afectados. Desde una
lógica no violenta, la acción desde la verdad desarrolla marcos emocionales de
carácter sociocultural y político que apuntan a la paz y la reconciliación.
Cárdenas (2013) documenta
específicamente cómo las actitudes se ven influenciadas por el papel de los
medios de comunicación, los escenarios culturales y los actores del proceso en
la construcción mediática de la realidad política, que en muchos casos promueven
el mantenimiento del conflicto armado, de tal manera que se construyen
dimensiones reales e imaginadas que pueden contraponerse; percepciones
subjetivas de la realidad acompañadas de sentimientos utópicos o del deber ser,
que pueden ir acompañadas de optimismo o pesimismo, esperanza o decepción,
conformismo o inconformismo, que legitiman, en algunos casos la percepción de
las guerrillas como el enemigo y todo lo que apunte a su eliminación se hace
tolerable y permisible; siempre y cuando se pueda exterminar ese mal que se ha
encarnado en esta agrupación. Lo cual en algunos casos incluye a posiciones
políticas disidentes, críticas del status quo (Barrero, 2011).
Ahora bien, en el contexto del conflicto armado, cuando se habla de
verdad, perdón y reconciliación no se hace referencia a que la víctima o
sobreviviente tenga que “hacerse” amigo/a del victimario, sino de la capacidad
para reconocer la humanidad del agresor (clave desde la propuesta no violenta).
Con lo cual se experimenta que no vale la pena la venganza ni tampoco alimentar
el resentimiento que genera autodestrucción; porque la venganza, desde una
óptica no violenta, pone a la víctima en el mismo plano ético, igualándola con
el agresor. Por lo tanto, un ejercicio humano de verdad y perdón permite reconocer la otredad, asumiendo
la decisión ética y política de no legitimar la violencia.
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