EL MERCADO PARROQUIAL
Celebro
la iniciativa del Gobierno de la Ciudad, del Concejo Municipal de Pereira y el empuje y liderazgo del Concejal Camilo
Montoya Isaza para promover y exaltar los mercados campesinos, como una forma
de proteger y fomentar la vida
campesina, su cultura, el respeto por paisaje, los recursos naturales. La
economía azul. La iniciativa además, sin duda además, hace un homenaje al
mercado parroquial de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX que se desarrollaba en el marco
de la Plaza de Bolívar que mostraba la inmensa variedad de productos del campo
y cocinas tradicionales de la ciudad por invitación de Don Valeriano Marulanda.
Cuentan
los cronistas, que cuando la Plaza de Bolívar era de” pura piedra” y tenía la
forma de media naranja, y no había mangos sembrados, se llevaban a cabo los
mercados parroquiales. En la primera fila sobre la calle 20, estaban los toldos de las
relleneras, que preparaban los alimentos para los campesinos en fogones improvisados,
y se ofrecían buñuelos y empanadas en
las sartenes de manteca; se doraban las arepas en las cayanas y hervían el
sancocho y el chocolate en olletas.
Sobre las mesas descansaban la mercancía “ya hecha”, bateas con “morcilla”, natilla y
tamales, fabricados desde el amanecer, piezas de cerdo, chicharrones.
Chorizos ahumados.
Continuaba
la fila de las “caucanas”, quienes ofrecían todos los productos de tierra caliente,
especialmente frutas en una variedad asombrosa, verduras de toda índole, así como también el afamado “comistraje” de Cartago;
canastas con “pastillas de chocolate sin
harina”, “colaciones crespas con corozo” por dentro, empanadas de cambray,
pulpa de tamarindo y “cajoncitos de arequipe”,
bizcochuelos, almojábanas, “corozos de puerco”, panelita de toronja. En la
siguiente hilera, siguen las “pandequeseras”, con bateas de gelatina negra y
blanca, los canastos con hojaldres, quesitos de bola, panelita de leche.
Bocadillos, bizcochos cerreros, canapés de platanitos. En el toldo de David
Echeverri se descuartizaban hasta tres novillos y daba gusto a la gente ver las
distintas clases de carnes: solomos, capones, “cordón de lomo” y la entrepierna,
acompañados de cernidos frutales, sudados de gallina, sabaleticas fritas. Se
bebía chicha, mistelas de frutas y los
refrescos “Moisés”. Seguramente el alma de Don Valeriano Marulanda estará
gravitando sobre los mercados campesinos.
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