EL BANQUETE
Gracias a la preciosa investigación
de la Academia Colombiana de Historia pudimos conocer las viandas del malogrado
banquete en honor a Antonio Villavicencio que, el 20 de julio de 1810, no pudo
servirse por la revuelta que se ocasionó cuando el comerciante español José
González Llorente se negó a prestar, según cuenta la historia, un florero para
adornar la mesa principal del evento.
El menú para esa
ocasión fue diseñado por don Pantaleón Santamaría y su esposa Josefa Baraya,
quienes, junto con los hermanos Antonio y Francisco Morales, contribuyeron al
homenaje. El menú de siete tiempos, fue pensado así:
“Sopa de arepas”. “Capitán a la bogotana”. “Almíbar de frutas santafereñas con cuajada “.
“Pescado salpreso con verduras”. “Cuajada Fresca con flores y hebras de brevas
en almíbar”. “Cerdo a la chicha de maíz tostado”. “Bien me sabe”. Todo
ello acompañado de coloridas mistelas y de jugos de maracuyá, mora, granadilla,
curuba y Feijoo. Llama la atención que la elaboración del “Bien me sabe”
en la receta del cerdo, “es muy parecida a la preparación del mismo plato de
gallina machacada con almendras y agua de rosas que se servía en los banquetes
del Renacimiento”.
El 20 de julio no fue el primer ni el último
grito de independencia; este grito es una lectura desde Bogotá que
ahonda uno de los principales problemas de Colombia: el regionalismo. En
efecto, ni el virreinato de la Nueva Granada ni lo que en 1819 se convirtió en
la Gran Colombia eran territorios homogéneos que respondían a un poder central,
sino un conjunto de complejas y
muy diversas poblaciones.
Cada una de ellas tuvo su propio proceso
independentista. Y algunas, como Cali, Buga, Socorro, Cartagena, iniciaron en
fechas distintas al del 20 de julio; otras negaron completamente cualquier
asomo de independencia como fue el caso de Pasto y toda la provincia del sur. El
relato del Florero de Llorente, y la victoria militar
sobre los realistas que ocurrió en los nueve años siguientes, se instaló desde
entonces en el mito fundacional de una nación que, 211 años después, no ha superado
la violencia política y cultural y mucho menos, comprender la complejidad de sus regiones.
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