LA SOCIABILIDAD EN CRISIS
Después de más de un año de enormes preocupaciones
para buena parte de los colombianos se suma la crisis social poliédrica y polifónica,
como consecuencia, la tristeza se presenta como un afecto reactivo, es la
disminución o represión de la potencia de pensar del alma. Cuando el alma
se entristece, la potencia de entender o de obrar, se disminuye o reprime. El
miedo se constituye entonces en una fuerza que dramatiza las pasiones y que opera
tanto en lo público como en lo privado. Se convierte en una pasión triste que
obstaculiza nuestra potencia de actuar y nos entrega a los fantasmas, a las
supersticiones y a las mistificaciones de los ídolos.
El miedo se nutre con los fenómenos que fracturan
la confianza sobre la que puede construirse la sociabilidad; toda ella además
está atravesada con las dificultades extraordinarias para reconocer al otro,
para ensayar modos diversos de vivir la alteridad; así como con las condiciones
existenciales definidas alrededor de las relaciones sociales de vecindad y
solidaridad, y las formas particulares como se produce la subjetividad de los
individuos para enfrentar el entorno, con sus dudas, incertidumbres y temores.
Ya no es suficiente detener el auge de una ciudadanía
emergente, que pueden estar anunciando el nacimiento de nuevas dimensiones políticas,
económicas y culturales, pero que en muchos casos, no en todos, han significado
el surgimiento de formas caóticas y salvajes de sociabilidad. La ciudadanía
dominante opta entonces por formas de control que agudicen la sensación de
inseguridad y que fomenten una reacción asustadiza, que reclame la fuerza del estado
para poner orden.
El miedo de los asustados a la explosividad de las
clases subalternas produce percepciones de terror generalizado que conducen a
un auténtico desmoronamiento del tejido ciudadano colectivo, especialmente en
lo atinente a referentes vitales de sociabilidad. El ser humano es entonces
presa de todos los pánicos. Los peligros son tantos y se reproducen en escalas
tan poderosas que no es posible atenuar la potencia del actuar. Es esta pérdida
de los territorios de la diversidad, lo que plantea un enorme vacío de tejido
ciudadano colectivo y como consecuencia, la pérdida del discurso de la otredad
y la entronización del discurso de las dos orillas.
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