El Derrumbe II
Vimos
en la columna anterior cómo la cultura correctamente entendida es el cultivo de
las propias raíces, de la realidad del sujeto y de su identidad que en un contexto de globalización puede
aportar elementos para trascender los múltiples rostros de la ambivalencia
democrática, al poner el acento en la auto-construcción del sujeto, su
auto-reflexión, su auto-producción de la propia historicidad y su
auto-transformación.
En
otras palabras, la auto-subjetivación: la construcción del sujeto capaz de
convertirse en agente de su propia realidad. Una democracia cultural que podría
conectar con todas aquellas formas de vida, prácticas, modos de ser y hacer,
valores y actitudes raizales, de la identidad propia de la colectividad,
sabiendo que está fusionada con otras colectividades y otras culturas, que
constituyen la realidad de una colectividad en particular.
La
democracia cultural es la democracia que el sujeto o la colectividad consciente
de sí misma crea desde su propio proceso. No es una democracia impuesta, sino
construida por el mismo sujeto y que parte de las raíces mismas de este sujeto.
Una democracia que surge del cultivo de la propia realidad del sujeto. Ésta
sería evidentemente el resultado de la acción de la propia subjetividad
históricamente construida, auto-producida, auto reflexiva y en perpetua
transformación. No una democracia impuesta desde arriba, o una democracia formal que se limita sólo a
criterios supuestamente universales pero puramente formales tales como lo
electoral, lo constitucional y lo liberal, pero sin tocar los siguientes
aspectos fundamentales: la capacidad de autodeterminación y la posibilidad de
tener soberanía sobre su desarrollo. La democracia cultural apunta a la
formación de un sujeto que se reconoce diverso, pero unido y consciente de su
unidad como sujeto de la autodeterminación, capaz de actuar políticamente,
dotado de una ciudadanía “que pueda ser movilizada en favor de una
participación en la formación política de la opinión y la voluntad que se
oriente hacia el bien común” (Habermas). Un sujeto activo, que participa en la
creación de la democracia, que la vigila y la renueva constantemente. No se
trata de un sujeto monolítico.
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